El joven estaba sentado frente a la computadora, al igual que el resto de los clientes del cibercafé. El ambiente estaba tranquilo, como cualquier día. Hasta que se produjo una irrupción que cambió todo.

Un grupo de al menos siete hombres ingresaron al local blandiendo lanzasGritaban y estaban desaforados.

No estaban allí por casualidad. Lo buscaban a él, que se dio cuenta en el acto y se paró arriba de una mesa en un desesperado intento de escape. Pero no pudo.

La pandilla lo atacó con las lanzas, provocándole profundos cortes en el rostro, que le quedó cubierto de sangre. Era una advertencia.

Según trascendió, la víctima le había pedido dinero prestado al grupo, pero nunca lo devolvió. Por eso no lo mataron: el objetivo de la incursión era asustarlo a él y a cualquier otro deudor potencial.

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