Doyle Lee Hamm, un recluso condenado a muerte en Alabama (Estados Unidos) por un asesinato que cometió en 1987, esperó el momento de su ejecución durante 30 años. En prisión enfermó de cáncer y, cuando los médicos controlaron su salud, las autoridades decidieron poner en marcha la sentencia.

Después de que la Corte Suprema de EE.UU. rechazara el último recurso de su abogado el pasado 22 de febrero, las autoridades trasladaron a Hamm al lugar donde acabarían con su vida. Sin embargo, algo funcionó mal en el procedimiento.

Así, un equipo médico trató de introducirle catéteres durante horas en diferentes partes del cuerpo —desde la ingle hasta la arteria femoral o la vejiga— en un intento de encontrar algún lugar apto para administrarle el “cóctel de fármacos secreto y letal”, informa The New York Times.

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El periodista Roger Cohen catalogó la escena como “una danza macabra impulsada por una indecorosa determinación de ejecutar a Hamm”. Por su parte, el letrado del reo resumió que se trató de “una ejecución fallida que solo se puede calificar de tortura“.

Finalmente, los verdugos desistieron de sus intenciones y el preso, de 61 años, fue devuelto a su celda con vida.

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